miércoles, septiembre 21, 2005

¿Llegamos a la democracia?

Felipe Portales

El elemento clave que define la existencia de un sistema político democrático es el hecho de que la Constitución y las leyes sean el producto de la voluntad mayoritaria del pueblo. Como es imposible que dicha voluntad se esté expresando permanentemente en plebiscitos, el pueblo requiere de la conformación de asambleas que lo representen. Pero para que esta representación sea genuina, aquellas deben ser elegidas mediante un sufragio universal, secreto, libre e informado; y donde cada voto tenga realmente el mismo valor. Es decir, el solo hecho de que haya elecciones periódicas no define la existencia de un sistema democrático. Es más, prácticamente en todas las dictaduras o regímenes autoritarios de hoy los presidentes y parlamentos son elegidos popularmente, pero de tal modo que no representan la auténtica voluntad de la población.

En el caso de nuestro país -incluso luego de las recientes reformas constitucionales- es claro que la Constitución y las leyes no son el producto de la voluntad mayoritaria del pueblo. Respecto de la Constitución, ella fue impuesta por la dictadura en un plebiscito espurio, que no cumplió con ninguno de los requisitos de una elección democrática. Y sus contenidos configuran un régimen autoritario y neoliberal en que la voluntad popular mayoritaria es bloqueada por un sistema electoral binominal -único en el mundo- en que cada circunscripción elige simultáneamente dos, y solo dos representantes, con lo que la primera minoría (la derecha) se iguala antidemocráticamente a la mayoría; lo que unido a los altos quorums requeridos para reformar la Constitución y las leyes orgánicas constitucionales, permite que la derecha minoritaria conserve todos los resortes básicos del poder, incluso perdiendo permanentemente las elecciones de Presidente de la República.

La demostración más patente de que no vivimos en un régimen democrático lo da la total discordancia entre la opinión mayoritaria del pueblo revelada en numerosas y reiteradas encuestas; y el sistema económico-social que nos rige. La opinión pública ha mostrado abrumadoramente su oposición al modelo neoliberal; a la actual legislación laboral y sindical; a los sistemas mercantiles de salud, educación y previsión social; a las privatizaciones de servicios públicos esenciales; a la extrema desigualdad del ingreso existente.

Aquellas normas, estructuras y políticas fueron impuestas, precisamente, por la dictadura, respondiendo a la ideología neoliberal de la derecha chilena. Esto lo reconoció Andrés Allamand en su libro “La travesía del desierto”: “Pinochet le aportaba al equipo económico (de derecha) algo quizás aún más valioso: el ejercicio sin restricciones del poder político necesario para materializar las transformaciones” (Pág. 156). Transformaciones que, a su vez, el sistema binominal impide modificar hasta hoy. Como lo dijo la Alianza Democrática (antecesora de la Concertación) en julio de 1984: “No hay democracia posible… dentro del marco de los preceptos permanentes de esa Constitución (de 1980), si no se hace del Congreso Nacional un cuerpo verdaderamente representativo de todos los sectores del pueblo de Chile” (citado en Patricio Aylwin, “El reencuentro de los demócratas. Del golpe al triunfo del No”, Grupo Zeta, 1998, Pág. 259).